viernes, 30 de diciembre de 2016

La música también está plagada de prejuicios. Está cargada de sentidos susceptibles de valoración y posicionamiento. La música admite gestos en función de la pertinencia. Los giros melódicos se estigmatizan. Las secuencias melódicas pueden resultar obvias, aburridas. Lo negativo se imprime en el ademan idiota, el gesto inconcluso, la falta de control sobre el elemento. No hablo del instrumento, sino del lenguaje. El que esquiva halla probelmas de adaptación por su propio autodesprecio. Dale hijos al canto sagrado. O mejor escépticos charlatanes sin sonrisa. Proveé conversaciones relajadas pero cargadas de aceleración, donde las máximas intensidades se sientan tanto en los susurros como en los alaridos desenfrenados. Ya no existe una lógica lineal de exclusión. Hay litigios imaginarios que atienden a la problematica misma, la problemática "música". No conviene apresurarse a encontrar resultados, cometer los errores viene a cuento de estrella, saliva repartida. No le temas a los miedos.

sábado, 5 de noviembre de 2016

salvado- lecturas el estallido

Las calles están plagadas de personas. El reflejo es constante.
Los espacios compartidos se cargan de señales.
Las diferentes realidades se enfrentan, se miden.
La normalidad es un rasgo intercambiable. El otro siempre es el otro.
Tras los muros de la cotidianidad que nos contentamos con sostener,

En el seno mismo de la civilización aparece su contradicción
y esa contradicción intenta ser reservada a los ámbitos del encierro y la marginación.
Las instituciones reniegan de ciertos aspectos de lo humano.
 La idea de lo monstruoso y de lo miserable funciona como
 amenaza del orden social pero más aún como el límite visible
 y material que mantiene su constitución y su orden.
La moral debe su subsistencia al espectáculo público del dolor y de la miseria.


Tras los muros de la cotidianidad que nos contentamos con sostener,
aparecen un personaje: el alienado, el loco, el insano mental,
 imagen del errante e inadaptado social, que no responde o que se burla
 de las preocupaciones del ciudadano civilizado y ordenado,
y que se burla de la costumbre y no respeta los estatutos morales.
Me refiero a que esta sociedad cultiva una sensibilidad
que asocia a aquel que se manifiesta desafiante e indisciplinado
con otras figuras de la marginalidad:
 los pobres, los vagabundos, los borrachos, los enfermos venereos, los drogadictos, los depravados.
Toda una población maldita.
Sus figuras se confunden, sus rostros se invierten y se intercambian.
Son los personajes de un sueño
arremolinado y revuelto, precipitado en historias  al olvido,
muecas como destellos fugaces.
El estigma se inserta entre las miserias propias
 de un desapego que contendría el fantasma nefasto del desamparo.

Extrañas a sí mismas, emblemáticas y destacadas voces de la sociedad,
 investidas en cargos y poderes institucionales,
empapelados de su propia historia y de la historia de la ciudad,
 se disfrazan entre los sectores que ellos mismos llaman marginados de la sociedad
y cuya condición parecen señalar
 y condenar: y en ese contexto transforman sus lenguajes,
 sus maneras, sus direcciones, negocian sus modales.
En un único y mismo espacio se trazan sectores, circuitos de conducta.
Muchas veces los mismos personajes  se encuentran rodeados de escenarios completamente 
diferentes y en actitudes sumamente contradictorias.
Pero la propia lógica del juego prepara las tensiones de manera constante: 
las traducciones a nuevos contextos atienden a enfrentamientos imaginarios, continuidades internas de la cabeza.
Cada individuo se carga a sí mismo desde su historia, y en esa historia se insinúa una lógica.


Muchos modos de vida son considerados por nosotros mismos locura,
 y ésta se vuelve la forma más general de la crítica,
 un señalamiento de reprobación que engloba actitudes totalmente disimiles entre sí.
¿Porque creamos estas diferenciaciones? Quizás necesitamos negar otras realidades
para sostener la que creamos nosotros mismos.
La ilusión de un  cuerpo colectivo homogéneo y constante protege los movimientos internos
 de un tejido que se convierte a sí mismo, a sus maneras y códigos,
 en redefiniciones inconmensurables y contradictorias.
El capricho de las personas que concentran los recursos modifica la vida de muchos otros.
Ellos detentan el poder de la vara que mide y separa la normalidad de la demencia
por medio de maquinarias de artificio, sistemas de regulación de la conducta, concentración de medios.
No es extraño hallarlos incluidos en una ronda que, por su participación,
los devuelve conversos a su propia lógica, dominantes dominados,
encerrados en el juego del encierro y la libertad,
emblemas del juicio y del castigo que se desarman y desinvisten su presencia de su función
 de autoridad de tal modo que eso mismo les permita negociar un posicionamiento que
les convenga en función de movimientos y deseos ni siquiera declarables.
El poder institucional no es universalizable ni funciona igual en todo contexto.
  En el seno de lo social hay un espacio en el que el deseo teje tus propias redes
de la mano de lo impronunciable.
 Lo que dice, calla.
Los deseos se disuelven en las formas de lo pertinente.
En todo caso, hay autoridades que no detentan la autoridad en la práctica y que atienden,
más bien, a silenciosos movimientos de un orden psíquico, pero, diría, incluso, digestivo.
En la interlocución directa con el otro hay una atmósfera que sólo puede rastrearse
en pequeños intersticios que nos pueden acercar al sentido de una situación.
Existe una profunda dimensión de sentido en la que proliferan indicios de la mano de
los movimientos respiratorios, las contenciones, los gestos de distensión,
  los nervios, la preparación de un cierto evento, etc.
Esa dimensión se estructura a modo de experiencias que se repiten transpuestas,
 se insinuan entre temáticas recurrentes.
 Sin embargo, hay certezas que funcionan en esa misma dimensión,
 que guían la intuición como presencias silenciosas que se esconden.
 Lo que calla, dice. Y dice más de lo siquiera representable:
Hay climas que sólo aparecen como una atmósfera flotante, traslúcida, relaciones que hayan su encanto en la distancia, hombres que se ven, se huelen y se persiguen en silencio y esquivos. Hay gestos gastados, descensos abruptos, risas ahogadas, amargas resignaciones. Hay ademanes de voracidad y ambición e ilusiones grandísimas. La ley de un deseo se apodera del barco en una dimensión inconfesable, o más aun, lógica, evidente... Entonces, quienes asumen en su discurso o en su investidura social la voz de la moral, el compromiso, son los que en nombre de lo justo y de lo bueno condenan y recortan la conducta en un nivel explícito. Aunque sería más interesante observar como aquellos que ni siquiera asumen una postura transparente generan influencias. El reflejo del otro social motiva comportamientos. Los estigmatizados por el motivo que sea, los distraídos, los impertinentes y los desapegados son un reflejo unas veces hermoso y otras tantas aterrador.
 Hay quienes quieren conseguir y hay quienes sueñan renunciar.
 Pero en la misma ronda danzan los que no quieren responder,
 o los que responden con aplazos, respuestas esquivas, posiciones ambiguas.
Cada uno de nosotros teje su influencia en nombre de valores políticamente correctos, y mediante esa influencia, pronuncia la tiranía del propio capricho, que alza su voz desde la defensa de lo justo y que muchas veces nisiquiera reconoce el límite en que esa defensa se convierte en farsa.
 Entonces, hablamos de posicionamientos sociales.
Esos lugares se habilitan por una cierta asunción, es decir, algo que se asume, se apropia,
 un manejo de valores al nivel de la declaración. Hablo de una teatralidad y de
 un juego de interpelaciones. Los textos que se hablan aparecen en distintos formatos y materialidades.
El sentido se entromete en los vestidos, los usos de la voz y el movimiento corporal.
 Los compromisos identitarios suponen la asunción de una cierta gestualidad enmarcada
 en un cierto escenario sin cuya permanencia todo pierde sentido.
Estigmatizar ciertos actos concede la seguridad de controlar el sentido.
Se da la posibilidad de construir un sentido histórico, aunque móvil, dinámico,
de las biografías.
Para esta sociedad, el hombre sin historia es loco de por sí,
puesto que su identidad es pura posibilidad.
La locura está en el desconocido.
El hombre que renuncia de manera abrupta a su historia también es juzgado como loco,
el que no sostiene, el que cambia, puesto que el movimiento de cambio
genera el vértigo de enfrentarse al desamparo. La locura se evoca como límite del respeto.
Representa el límite de la comprensión del otro, la confusión, el desconocimiento.
En la sinrazón están contenidos los miedos de la noche, los largos senderos del infinito jamás caminados, un horizonte de soledad y dudas, una existencia parada frente a los telones de la realidad, asomada al abismo que su propia ilusión promete.

Hay persecuciones que se reiteran a través de la trama social como exigencias
de la más diversa índole. La demanda se traduce, se traiciona, se subvierte.
Los caminos de las construcciones modifican los cimientos que se afirman
bajo el peso de la misma gravedad. Los nudos se gastan.
La memoria construye y su sustrato ¿Es el recuerdo?
Nietszche esboza en una de sus sentencias e interludios la siguiente frase:
"«Yo he hecho eso», dice mi memoria.
«Yo no puedo haber hecho eso» - dice mi orgullo y permanece inflexible.
Al final - la memoria cede."

En el camino de las construcciones se modifican el valor y la disposición de las imágenes.
 Se reafirman y se contradicen a la vez: las cristalizaciones no existen.
Lo que si existe son ilusiones de cristalización,
vivencias detrás de las sensaciones de determinación,
maneras de llevar la cruz y jugar con la identidad, y de sacarle el mejor provecho.
Y dentro de esos usos, aprendemos los juegos del ingenio, la perspicacia y la pertinencia.
 Aunque no siempre se pueden evitar las fisuras abruptas.

Las voces se asumen en función de necesidades de momento para luego ser abandonadas
junto con los escenarios y las vestiduras que las enmarcaban.
En última instancia, siempre se puede mentir, apelar a voces agotadas,
argumentos ni siquiera extensibles.
Al dudar de la buena fé del otro, dudamos de la buena fé de nosotros mismos.

jueves, 3 de noviembre de 2016

lecturas estallido

 El reflejo es constante.
Los espacios compartidos se cargan de señales.
Las diferentes realidades se enfrentan, se miden.
La normalidad es un rasgo intercambiable. El otro siempre es el otro.

Tras los muros de la cotidianidad que nos contentamos con sostener,
Nos pusimos de acuerdo en no darnos cuenta del punto a que nos habíamos llevado. Nos pusimos de acuerdo en hacer de cuenta que mirábamos por el bien, el resguardo de unos, la condena de otros. Las estructuras que necesitabas destruyeron a tu vecino, a tu familia. Respiraste microbios de larga cepa. Combinaste recuerdos con recetas y lirismo arcaico, té a las tres de la tarde, horas de encierro y silencio. Compulsivamente, respondiste al contacto humano con resistencia. Nadie nunca dio un motivo para confiar. Siempre anduvieron demasiado ensimismados en su propia valía, la virtud que nos diferencia. Cuando vienen los vientos, responden sorpresas. ¿Donde quedó mi pataleo? Resistí hasta el último día, con todas las fuerzas que pude reponer desde el letargo impuesto. Quise otras ropas, otras calles, la misma hora.
Resolví mi esfuerzo en exigencias, mi resignación en recelo y enfriando. Ya no me toca resplandecer, ni voy a estirar mis arrugas para defender un silencio viejo. Ya me volví piedra de cúmulos y no pienso soltar. El perdón no existe.



En el seno mismo de la civilización aparece su contradicción
y esa contradicción intenta ser reservada a los ámbitos del encierro y la marginación,
Como si a uno no le pasara.
Las costumbres reniegan de ciertos aspectos de lo humano.
 La idea de lo monstruoso y de lo miserable funciona como
 amenaza del orden social pero más aún como el límite visible
 y material que mantiene su constitución y su orden.
La moral debe su subsistencia al espectáculo público del dolor y de la miseria.


Tras los muros de la cotidianidad que nos contentamos con sostener,
aparecen un personaje: el alienado, el loco, el insano mental,
 imagen del errante e inadaptado social, que no responde o que se burla
 de las preocupaciones del ciudadano civilizado y ordenado,
y que se burla de la costumbre y no respeta los estatutos morales.
Me refiero a que esta sociedad cultiva una sensibilidad
que asocia a aquel que se manifiesta desafiante e indisciplinado
con otras figuras de la marginalidad:
 los pobres, los vagabundos, los borrachos, los enfermos venereos, los drogadictos, los depravados.
Toda una población maldita.
Sus figuras se confunden, sus rostros se invierten y se intercambian.
Son los personajes de un sueño
arremolinado y revuelto, precipitado en historias  al olvido,
muecas como destellos fugaces.
El estigma se inserta entre las miserias propias
 de un desapego que contendría el fantasma nefasto del desamparo.

Extrañas a sí mismas, emblemáticas y destacadas voces de la sociedad,
 investidas en cargos y poderes institucionales,
empapelados de su propia historia y de la historia de la ciudad,
 se disfrazan entre los sectores que ellos mismos llaman marginados de la sociedad
y cuya condición parecen señalar
 y condenar: y en ese contexto transforman sus lenguajes,
 sus maneras, sus direcciones, negocian sus modales.
En un único y mismo espacio se trazan sectores, circuitos de conducta, paredes altísimas para no ver.
Muchas veces los mismos personajes  se encuentran rodeados de escenarios completamente
diferentes y en actitudes sumamente contradictorias.
Pero la propia lógica del juego prepara las tensiones individuales para su exposición social:
las traducciones a nuevos contextos atienden a enfrentamientos imaginarios, continuidades internas de la cabeza.
Cada individuo se carga a sí mismo desde su historia, y en esa historia se insinúa una lógica.


Muchos modos de vida son considerados por nosotros mismos locura,
 y ésta se vuelve la forma más general de la crítica,
 un señalamiento de reprobación que engloba actitudes totalmente disimiles entre sí.
¿Porque creamos estas diferenciaciones? Quizás necesitamos negar otras realidades
para sostener la que creamos nosotros mismos.
La ilusión de un  cuerpo colectivo homogéneo y constante protege los movimientos internos
 de un tejido que se redefine todo el tiempo, sosteniendo sus maneras y valores pero en usos distintos.
El capricho de las personas que concentran los recursos modifica la vida de muchos otros.
A quienes detentan el poder de la vara que mide y separa la normalidad de la demencia
por medio de maquinarias de artificio y sugestiones de todo tipo.
No es extraño hallarlos incluidos en una ronda que, por su participación,
los devuelve conversos a su propia lógica, dominantes dominados,
encerrados en el juego del encierro y la libertad,
emblemas del juicio y del castigo se igualan a los otros de tal modo que eso mismo les permita negociar un posicionamiento que les convenga en función de movimientos y deseos ni siquiera declarables. Lo que no se permite en un espacio, se posibilita en otro.
La gente se cansa de no sentirse libre
Hay un espacio en el que el deseo teje tus propias redes
de la mano de lo impronunciable.
 Lo que dice, calla.
Los deseos se disuelven en las formas de lo pertinente.
En todo caso, hay autoridades que no detentan la autoridad en la práctica y que atienden,
más bien, a silenciosos movimientos de un orden psíquico, pero, diría, incluso, digestivo.
En la interlocución directa con el otro hay una atmósfera que sólo puede rastrearse
en pequeños intersticios que nos pueden acercar al sentido de una situación.
Existe una profunda dimensión de sentido en la que proliferan indicios de la mano de
los movimientos respiratorios, las contenciones, los gestos de distensión,
  los nervios
 Sin embargo, hay certezas que funcionan en esa misma dimensión,
 que guían la intuición como presencias silenciosas que se esconden.



Lo que calla, dice. Y dice más de lo siquiera representable:
Hay climas que sólo aparecen como una atmósfera flotante, traslúcida, relaciones que hayan su encanto en la distancia, hombres que se ven, se huelen y se persiguen en silencio y esquivos. Hay gestosque delatan una insistencia. Hay gritos que salen con el impulso de la liberación. Pero aún, tengo ademanes de voracidad y ambición e ilusiones grandísimas. La ley de un deseo se apodera del barco en una dimensión inconfesable, o más aun, lógica, evidente... Entonces, quienes asumen en su discurso o en su investidura social la voz de la moral, el compromiso, son los que en nombre de lo justo y de lo bueno condenan y recortan la conducta en un nivel explícito. Aunque sería más interesante observar como aquellos que ni siquiera asumen una postura transparente generan influencias. El reflejo del otro social motiva comportamientos. Los estigmatizados por el motivo que sea, los distraídos, los impertinentes, los desapegados, los pobre, los ricos, son un reflejo unas veces hermoso y otras tantas aterrador.
 Hay quienes quieren conseguir y hay quienes sueñan renunciar.
 Pero en la misma ronda danzan los que no quieren responder,
 o los que responden con aplazos, respuestas esquivas, posiciones ambiguas.
Cada uno de nosotros teje su influencia en nombre de valores políticamente correctos, y mediante esa influencia, pronuncia la tiranía del propio capricho, que alza su voz desde la defensa de lo justo y que muchas veces nisiquiera reconoce el límite en que esa defensa se convierte en farsa.
 Entonces, hablamos de posicionamientos sociales.
Esos lugares se habilitan por una cierta asunción, es decir, algo que se asume, se apropia,
 un manejo de valores al nivel de la declaración. Hablo de una teatralidad y de
 un juego de interpelaciones. Los textos que se hablan aparecen en distintos formatos y materialidades.
El sentido se entromete en los vestidos, los usos de la voz y el movimiento corporal.
 Los compromisos identitarios suponen la asunción de una cierta gestualidad enmarcada
 en un cierto escenario sin cuya permanencia todo pierde sentido.
Estigmatizar ciertos actos concede la seguridad de controlar el sentido.
Se da la posibilidad de construir un sentido histórico, aunque móvil, dinámico,
de las biografías.
Para esta sociedad, el hombre sin historia es loco de por sí,
puesto que su identidad es pura posibilidad.
La locura está en el desconocido.
El hombre que renuncia de manera abrupta a su historia también es juzgado como loco,
el que no sostiene, el que cambia, puesto que el movimiento de cambio
genera el vértigo de enfrentarse al desamparo. La locura se evoca como límite del respeto.
Representa el límite de la comprensión del otro, la confusión, el desconocimiento.
En la sinrazón están contenidos los miedos de la noche, los largos senderos del infinito jamás caminados, un horizonte de soledad y dudas, una existencia parada frente a los telones de la realidad, asomada al abismo que su propia ilusión promete.

Hay persecuciones que se reiteran a través de la trama social como exigencias
de la más diversa índole. La demanda se traduce, se traiciona, se subvierte.
Los caminos de las construcciones modifican los cimientos que se afirman
bajo el peso de la misma gravedad. Los nudos se gastan.
La memoria construye y su sustrato ¿Es el recuerdo?
Nietszche esboza en una de sus sentencias e interludios la siguiente frase:
"«Yo he hecho eso», dice mi memoria.
«Yo no puedo haber hecho eso» - dice mi orgullo y permanece inflexible.
Al final - la memoria cede."

En el camino de las construcciones se modifican el valor y la disposición de las imágenes.
 Se reafirman y se contradicen a la vez: las cristalizaciones no existen.
Lo que si existe son ilusiones de cristalización,
vivencias detrás de las sensaciones de determinación,
maneras de llevar la cruz y jugar con la identidad, y de sacarle el mejor provecho.
Y dentro de esos usos, aprendemos los juegos del ingenio, la perspicacia y la pertinencia.
 Aunque no siempre se pueden evitar las fisuras abruptas.

Las voces se asumen en función de necesidades de momento para luego ser abandonadas
junto con los escenarios y las vestiduras que las enmarcaban.
En última instancia, siempre se puede mentir, apelar a voces agotadas,
argumentos ni siquiera extensibles.
Al dudar de la buena fé del otro, dudamos de la buena fé de nosotros mismos.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Memoria1

Recuerdo el acto. Un gesto atrapado. Volví a intentarlo. Mintiéndome. Volví en las mismas ropas, las mismas calles, la misma hora. No hubo libertad antes de esto. Ni habrá. Los silencios de cada uno se unen en un gran círculo de dolor. Configuran rituales sagrados y el compromiso de los participantes cubre los oidos, la boca. Exigen la encarnación del mal, la caracterizan como a una muñeca, juegan con sus pulsaciones. Nos pusimos de acuerdo en no darnos cuenta del punto a que nos habíamos llevado. Nos pusimos de acuerdo en hacer de cuenta que mirábamos por el bien, el resguardo de unos, la condena de otros. Las estructuras que necesitabas destruyeron a tu vecino, a tu familia. Respiraste microbios de larga cepa. Combinaste recuerdos con recetas y lirismo arcaico, té a las tres de la tarde, horas de encierro y silencio. Compulsivamente, respondiste al contacto humano con resistencia. Nadie nunca dio un motivo para confiar. Siempre anduvieron demasiado ensimismados en su propia valía, la virtud que nos diferencia. Cuando vienen los vientos, responden sorpresas. ¿Donde quedó mi pataleo? Resistí hasta el último día, con todas las fuerzas que pude reponer desde el letargo impuesto. Quise otras ropas, otras calles, la misma hora.
Resolví mi esfuerzo en exigencias, mi resignación en recelo y enfriando. Ya no me toca resplandecer, ni voy a estirar mis arrugas para defender un silencio viejo. Ya me volví piedra de cúmulos y no pienso soltar. El perdón no existe.

Memoria1

Recuerdo el acto. Un gesto atrapado. Volví a intentarlo. Mintiéndome. Volví en las mismas ropas, las mismas calles, la misma hora. No hubo libertad antes de esto. Ni habrá. Los silencios de cada uno se unen en un gran círculo de dolor. Configuran rituales sagrados y la responsabilidad de los participantes cubre los oidos, la boca. Exigen la encarnación del mal, la caracterizan como a una muñeca, juegan con sus pulsaciones. Nos pusimos de acuerdo en no darnos cuenta del punto a que nos habíamos llevado. Nos pusimos de acuerdo en hacer de cuenta que mirábamos por el bien, el resguardo de unos, la condena de otros. Las estructuras que necesitabas destruyeron a tu vecino, a tu familia. Respiraste microbios de larga cepa. Combinaste recuerdos con recetas y lirismo arcaico, té a las tres de la tarde, horas de encierro y silencio. Compulsivamente, respondiste al contacto humano con resistencia. Nadie nunca dio un motivo para confiar. Siempre anduvieron demasiado ensimismados en su propia valía, la virtud que nos diferencia. Cuando vienen los vientos, responden sorpresas. ¿Donde quedó mi pataleo? Resistí hasta el último día, con todas las fuerzas que pude reponer desde el letargo impuesto. Quise otras ropas, otras calles, la misma hora.

martes, 5 de julio de 2016

lecturas para matienzo


1
Todo mi silencio crece desde tiempos internos, largos y lejanos. Siento subirlo por recintos secretos. Se acerca como una necesidad, una tentación inconfesable. Toda mi voluntad reclamando ser, obtener, poseer virtud. trepa un filo contorneado por un cúmulo de brillos únicos, distintos. Aprieta con fuerza el paso. Un muro gigante de materia seca y elástica aprisiona la congestión. Trepa el filo hasta abrirse paso. Traspasa la tela frágil. Una hebra se distiende larga hacia el viento. Busca libertades. Se agita entre partículas y polvos. Deja entrar. Deja salir. Aparecen bichos y rabias junto a la puerta rota, la espada cansada. Un último líquido se arremete furioso. Se reparte en energías dispersas. Se disimula. Convierte el temor en promesa. La esperanza también es una condena. La última.
No siento que deba resolver. Sin embargo, me siento roto. No sé porque me siento roto. No estoy roto.
 Soy una persona con cuerpo.
Aún así, intuyo una suerte de sometimiento, podría no pasar de ser una especulación, pero el impulso me comanda en dirección al vacío. Tanto que me vuelvo disperso, diluído, me sumerjo en la seducción del capricho con la fuerza de una elevación, una erupción.
Mi proceso interrumpido, indefenso, recluído en un encierro de circularidad, ofreciendo recuperación, circularidad, idealización, circularidad, reposición.
Las publicidades me ofrecen criaturas construídas en jerarquías de dudosa superioridad. Parecen imagenes, pero es una duplicación, la promesa de un gesto compartido, una invitación al hartazgo, la confusión y el engaño. La oferta me produce violencia. Es una parte de la preparación. Una insatisfacción al nivel del gesto, un músculo entumecido, desertor, una distancia que reclama ansiosa una consecución, la recuperación de una condición.
Si no se diera esta coacción, no sabría de que se trata la vida, ni que hacer con las horas que vivo. Me pregunto cuales son los resortes que se esconden tras este manejo, la manipulación. En esta interpelación constante, alzo un grito vivo en el asiento del soldado, insistiendo en ser incluído en este espectáculo de miseria, armadura de poderes impronunciables, bruja, información.  Y ellos me reclaman para su ritual. Vamos a darle lo que pide. Todo junto. Y que le entre. A cambio, espero deshacerme de la obstinación y de la cercanía que me depara esta conciencia. 
Todos los caminos del desierto, y hoy mi nombre se protegerá en la hipnosis. Puedo inventarme una autoridad con un cuerpo, con un soplo, con una cualidad. De este modo propongo persistir el acorralamiento, sentir el espacio, los movimientos cerrados que me permiten las paredes cortas. Incluso sentiré gratitud y no estoy ahora tan enojado. Sería falso ostentar gratitudes, no es más que una estrategia para engañarlos a todos, hacerles sentir el reconocimiento, regalarles la envidia fluyendo como mi personalidad, líquida, una forma renovada del despojo.
Se oye la súplica, desproporcionada como sólo una convicción puede serlo. Se desprende su organismo vivo y cosecha un desmantelamiento ungido muy hondo en lo profundo, tanto que será reclamado en un futuro como una ruptura, ilusión de propiedad. Los señores se encargarán de aprovechar las distribuciones de la superficie, sembraran los principios del rechazo. Tengo la destreza de evitar entrar. Entrenar al aire para que responda, al fuego, al cuerpo perpetuo. La lógica se mete para adentro, como una lombriz, se pierde en el movimiento interno, no sin toparse con espacios ceñidos, tejidos resistentes y señuelos afilados que la invitan a morder, cubrirse de polvos, luces de neón.


2



Existe hoy un germen, una semilla creciendo, soltando raíces sin siquiera asomar un movimiento hacia la superficie. Toma fuerzas para impulsar una explosión final que cortara en seco la ilusión perdida de los hombres. Ya ni siquiera vislumbramos la posibilidad de que nuestro siglo esté diciendo algo. Hay energías y fuerzas que crecen y se agotan adentro, luces como materia. Hay silencios heróicos, amables, desencasillados. Existe el rechazo y la espera. Nunca supimos medir los encuentros, la fragilidad de la piel. Sólo entregamos ilusiones al olvido mientras la sinceridad nos desgarra y nos vacía. ¿Cuales son los ecos de esta fe? La religión del costado, el borde, la duda. Los mismos desiertos caminamos en alturas. Pronto desarma el amor, desalma los esquemas. La cultura occidental renunció a su experiencia trágica, cósmica, trascendental y se abocó a un discurso crítico, racional. Sin embargo, ese fatalismo humano jamás logró ser eliminado y los hombres aprendieron a subsumirlo como parte de su ademán racional, e incluso aprendieron a racionalizarlo y nominarlo como el reverso de esa misma razón y bajo el nombre de locura. (Temo no lograr superar esa frontera en que el pensamiento cae en esquemas pesados, densos, inflamados)




Traiganme a los cuerpos encarcelados. A ese dejenlo tirado ahí, donde su condición lo dejó arrinconado ¿No quiso su existencia encontrar la gracia? Son contados los hombres dignos, despiertos. El resto cumple su función de relleno en el ballet, coristas sin rostro, que aburridos son con sus voces lisas, sus contenciones acomodadas. Y cuan graciosos se vuelven estos hombrecitos esforzados. Sus virtudes no alcanzan a cubrir su pálida tristeza, la debilidad de sus almas o de sus cuerpos. Son pocos los hombres sanos y equilibrados, dignos del comando - dignos por su fuerza, por su coraje. Lamento encontrar desajustes tan ebrios en sus miradas cansadas. El nacimiento no les fue grato, quizás la temperatura o el ambiente... no pueden soltar aún la teta de la madre, gritan desesperados, reclaman caprichos y se unen en alianzas vacías con fines totalmente despreciables. No ven lo que quieren, ni siquiera comprenden un motivo para buscar. No se encuentran adentro, se celebran entre muros, en su neurosis hiperquinética, apretada. Los cuerpos desgastados por las costumbres berretas, la junta deshabrida, el tiempo repitiendo giladas sin sentido entre risas desencajadas. Celebran su vacío. Se sienten reyes.
Tan tristes estas almitas, tristecitas y pueriles, más polvo que vida, me nacen de las pesadillas. Los prefiero descansando que intentando producir. Sus esfuerzos dejan manchas, caminos perdidos, construcciones demasiado estériles. El espacio de la vida proveerá mejores condiciones para su existencia, o al menos deseamos eso. Inventemos plegarias para esos cuerpos monitoreados. Inventemosles jueguitos de artificio, prácticas fáciles para entretener sus tiempos demasiado desvariados. Las últimas fábulas podrían seducirlos, con máquinas de luces y botones para golpetear, dale, cerrá los ojos hasta el final de tu vida, cobarde, careta, disfrazate. Fuiste a buscar la magia de la existencia y te cruzaste con una mierda que se te metió hasta el estómago. La marea ácida que te flota ni siquiera degrada. Que pena ese metabolismo paralizado, por favor, saquen de mi vista a esta proyección infortunada. Su miseria me deprime, y sus historias me resultan demasiado huecas. No entiendo cual es su papel en esta función.

Todo para decir que necesitas que te llenen el ruido de cambios, que te cambien de ruidos, que te provean de acertijos repetidos,
 por favor, una pregunta facil,
una noche distendida, sin mirar la lejanía de las estrellas, la oscuridad terrible, que terrible oscuridad nos cerca, que cercana la muerte, que lejana la vida,
que soltura hermosa la de tu cuerpo cuando baila, la de tus labios cuando dejan salir un reflejo líquido, un aliento caliente.
Si supiera desandar el tiempo arreglaría mi desgaste, me cuidaría del tiempo, de los frágiles encantamientos, las sonrisas algo perdidas. Gasté saliva en chistes ni siquiera graciosos, me choqué contra mi propia idiotez como un juez desposeído, dame una solución, mamita, comprame los números, me voy a mirar este puntito, acá, y lo voy a acariciar al puntito, y lo voy a mirar, mirá, y lo voy a acariciar y entonces vamos a abrir un pozo grande desde el puntito, un pozo gigante y nos vamos a meter y ya no vamos a salir.

3.

Distinguir un terreno, una matriz, la inquietud desprovista de decoraciones poéticas, confesiones plausibles, declaraciones pertinentes: nos paramos encima del verdadero tablero sobre el que se delinean las claves, los silencios en torno a los cuales se multiplica el sonido. Las voces que lo componen se hayan ciertamente en condiciones musculares profundamente distintas, mayor y menormente preparadas para responder a los internos acuerdos, atendiendo al reconocimiento de maneras de ser y de hacer mejor, la concordancia de esos reconocimientos con uno mismo y su conjugación dentro del orden de los elementos ya establecidos en la vida propia. En tal sentido, es importante cuestionar lo que uno cree de uno mismo y lo que el otro cree de uno y de sí mismo y el modo en que aprecia su instancia, su renuncia, su esfuerzo. Y, por supuesto, la fuerza de la sorpresa en el rostro ante la inesperada inconcordancia, la respuesta, el cambio.
(la respuesta justo como la esperabas, justo como no querías encontrarla, tan tironeada, pegada por sobre el espacio intermedio. Ya ni siquiera conserva un brillo. Partimos de ahí a una calma resignada, un sentirse como un recién nacido, devuelto a la ignorancia primitiva. El deseo no es el mismo, el sendero pisado poco responde sobre las aventuras del futuro, poco sabe decir sobre los nuevos tanteos ¡que hermoso, justo como desnudo, redimido, preguntándote por la materia, por las luces, un extrañamiento vertiginoso vertido sobre las experiencias, una larga fila de expectativas y concordancia, tan pronto, renuncia y refutación. Quizás el tiempo dispone de alertas que ayuden a darse cuenta y, con suerte, esquivar el capricho que sólo transmuta furia y tristeza, desgarro.
Disparan, conservadores, sus entretenimientos al vacío, ni un paso más lejos. Resuelven el acertijo erigiendo todo alrededor barreras incluso materiales, paredes de cemento pesado donde pegar la oreja y oir las ensoñadas voces de la contigüidad )

amenaza la mañana disentir 
y dejar entrar en un solo viento
soplos de fuera hastalterar todos tus dulces años
vinimos del costado desde el costado abajo
armando y llegamos a tocar el sol
repetimos formas permitidas invirtiéndonos
infiltrándonos
tan pronto comprendimos que la alteridad
tiene escondites en la soledad
y que hace falta hablar lenguas esquivas
repetimos esas formas permitidas
y sin siquiera fingir, una mañana disentir
y dejar entrar en un solo viento soplos de afuera hasta alterar todos esos dulces años que habitamos escondidos
crecimos del costado desde el costado abajo armando y dando señuelos a los hombres que pura necesidad sucumben ante el frágil coqueteo de la pertinencia.